Martín

A Martín le encanta entrar corriendo en la guardería Els Patufets. A Martín le encanta esquivar a los demás niños, que lloran viendo alejarse a sus madres. A Martín le encanta la mesa roja, redonda y baja donde se sienta con David y Rafa. A Martín le encanta la caja de galletas danesas donde la señorita Pati guarda la plastilina con la que juegan en los ratos libres. A Martín le encanta la bata verde y blanca que llevan todos. A Martín le encanta el olor de galletas y leche. A Martín le encanta la canción del búho que cantan a veces.

Pero lo que más le gusta a Martín es cuando entran las tres maestras. Son altísimas y llevan unas faldas enormes como campanas de iglesia.

Los tres se miran en silencio y ya saben lo que tienen que hacer. David y Rafa empiezan a gritar, se pegan, se tiran de la bata, caen de la silla al suelo. Una de las maestras, Mariona, se les acerca corriendo e intenta separarlos.

Es el momento. Martín se tira al suelo de espalda. Como un mecánico que se desliza bajo un coche para repararlo, Martín se impulsa con las piernas para quedar exactamente debajo de las faldas enormes de la señorita Mariona.

Está oscuro. Los pliegues de ropa se mueven en las sombras, se agitan. Logra ver un destello blanco fugaz por unos momentos, hasta que de repente se hace la luz. La señorita Mariona arrastra a David y Rafa hasta un rincón y los deja de cara a la pared. Inmediatamente, vuelven la cabeza hacia su mesa. Martín está sentado en su taburete. Asiente con la cabeza, triunfal. Victoria.

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Sara

Sábado por la mañana en un piso soleado de la calle Coroleu. Sara ha salido al balcón de su dormitorio para comprobar que hace muy buen día. Al otro lado del piso, oye al pequeño Martín preparándose el desayuno. Sara piensa que para tener apenas cuatro años, Martín está muy avanzado.

-Debe de ser lo único bueno que ha sacado de su padre.

Sara se quita el camisón delante del espejo. Se detiene a observar su cuerpo desnudo. Se acaricia el cuello. Cierra los ojos como si quisiera escuchar la caricia. Baja la mano lentamente hasta el pecho, rodea el pecho derecho con la mano. Tiene la medida perfecta para caber en su mano. El pecho izquierdo es ligeramente más pequeño. Lo acaricia como si fuera un hermano menor, para que no tenga envidia. Abre los ojos y sonríe satisfecha.

Sara se activa de repente. Se apresura a ponerse un sujetador. Se viste con unos tejanos y una camisa de cuadros muy ancha que saca de un rincón del armario. Se esfuerza en que la camisa le quede recta, como ocultándole los pechos. Se recoge el pelo y se pone una gorra de los Dragons. Se calza unas Adidas negras y saca un balón del armario. Se mira de nuevo en el espejo. Ya está lista.

Entra corriendo en la cocina y grita, eufórica.

-¿Vamos al parque a jugar?

Martín se levanta de un salto.

-¡Sí, papá, vamos!

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Onofre 2

Cuando acaba la película, Onofre se queda tumbado, mirando hacia arriba. Buena parte del techo está cubierta por una reproducción al óleo de San Onofre que le hizo un amigo cuando estaba en la universidad.

En aquella época, Onofre le daba muchas vueltas a la separación de sus padres, espoleada por la supuesta infidelidad de la madre con un pianista. Un día, preparándose para un examen sobre pintura copta, Onofre encontró en la biblioteca un artículo que narraba la historia de San Onofre.

Se dice que el padre del santo sospechaba que se trataba de un hijo bastardo. Instigado por el propio demonio, el padre hizo pasar al hijo por el fuego para asegurarse de lo contrario. A Onofre se le desataron recuerdos borrosos de un cámping de la Costa Brava donde su padre le hizo saltar una hoguera y él estuvo a punto de chamuscarse entero.

Onofre se convenció a sí mismo de que la coincidencia de nombres y desconfianza paterna no podía ser azarosa. Pasó cierto tiempo documentándose sobre ese lejano santo etíope. Le fascinó el aislamiento y estoicismo que rodeaba la vida del santo.

Decidió vivir él también como un eremita. Nada ha cambiado desde entonces.  Permanece en casa sin apenas salir, desnudo y con la barba cada vez más larga. Siempre que mira hacia arriba y contempla la pintura de San Onofre, sonríe satisfecho. Cree ver su propio reflejo en un espejo.

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Silvestre

Es casi medianoche y Silvestre recorre la avenida de Catalunya de San Adrián. Camina sin prisas ni dirección concreta. De vez en cuando dirige una mirada esquiva a las esquinas, a las calles vacías. Silvestre piensa que si le parara la policía y le preguntara qué hace aquí, sería perfectamente sincero.

-Soy el stalker de Isabel Coixet.

-¿El qué?

Hace unos años que Silvestre es lo que en inglés se llama un stalker. Un acosador. Pero Silvestre es un stalker suave, sin mala fe. No tiene ninguna mala intención. Le gusta seguir a los artistas que por alguna razón u otra son importantes para él. A veces habla con ellos. En algunos casos simplemente los sigue durante un rato, observa cómo es media hora de su vida. Aprende secretos sobre ellos. Y para él, estos recortes de vida privada se unen al corpus de la obra de los artistas como si ellos fueran un personaje más.

Hace unos cuatro o cinco años, Silvestre hacía cola en la taquilla del cine Renoir cuando vio a Isabel Coixet haciendo cola también con una amiga. Silvestre le escuchó pedir dos entradas para Los tres entierros de Melquíades Estrada. Silvestre compró una entrada para esa misma película. Entró en la sala apresurado. Apenas había diez personas en la sala. La localizó fácilmente y se sentó en el asiento de detrás.

Al terminar terminó la película, la vio salir de la sala con su amiga. Él se quedó sentado un rato, saboreando la conversación que había oído antes de empezar la película, así como los breves comentarios posteriores, la cara de satisfacción al levantarse, el gesto resuelto de ponerse la chaqueta.

Hoy una amiga le ha llamado para decirle que había visto a la directora un par de veces por San Adrián, probablemente tenga familia por aquí. Silvestre ha venido entusiasmado, esperando un nuevo encuentro. Pero ahora lleva más de una hora dando vueltas por el barrio y empieza a cansarse.

Es medianoche cuando decide dejarlo por hoy. Está a punto de cruzar el río de regreso a casa cuando ve acercarse un coche de la policía. El coche reduce velocidad y de repente se baja la ventanilla. Silvestre recibe la mirada inquisitiva del policía como un latigazo y no puede evitar gritar:

-¡Estaba dando un paseo, me voy a casa!

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Lana

Lana cierra el pesado portón de la casa y sale a la calle arrastrando el carrito metálico de supermercado. Se detiene a unos pocos metros para limpiarse las gafas con su camiseta negra y roja, que luce un retrato enorme de Bohumil Hrabal. Siempre se pone esta camiseta cuando sale a la caza de objetos.

Sólo ha leído un libro de Hrabal, la historia de un hombre que trabaja en una trituradora de papel, haciendo paquetes de libros, ilustraciones y papeles diversos, que serán prensados y procesados para hacer papel. Tiene la ocasión de leer los libros y observar las obras antes de que desaparezcan. A Lana le encanta esta idea de fugacidad, de contemplar una obra que pronto será destruida.

Lana recorre las calles del barrio, la plaza del mercado, la estación de tren, recoge cualquier objeto que le parezca interesante y lo guarda en el carrito. Siente una enorme satisfacción en rescatar de la basura una muñeca, medio teléfono, unas gafas de plástico, una postal, un rodillo de cocina partido.

-¡Lana!, ¿quieres unas cajas de huevos pasados? -le grita la huevera cuando pasa por el mercado.

Ella niega con la cabeza y le sonríe.

– No, que luego todo el carrito huele fatal.

Se saludan y Lana prosigue su recorrido por el barrio.

Al mediodía, Lana vuelve a la casa y deja el carrito repleto en la entrada. Esta tarde toca selección.

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