sukri

 

Sukri sigue sentado a mi lado. A diferencia de la mayoría de chicos que viven en el pequeño pueblo de pescadores, Sukri no se vuelve loco por el fútbol, no le interesa saber de dónde soy, no trabaja de barquero para llevar a los turistas hasta la isla, no vende nada, no habla mucho y no quiere irse del pueblo para encontrar una vida mejor en la ciudad más próxima.

El sol va avanzando por el pequeño palmeral, acariciándome primero la punta de los dedos descalzos, después los pies enteros, poco a poco las piernas, las rodillas y los bolsillos que tengo a lado y lado de estos viejos pantalones verdes. Cuando el sol parece haberse cansado de avanzar, Sukri me pregunta repentinamente:

-aindak sigarra?
-ana aasif, ma aindish sigarra.

Me encantaría darle un cigarrillo, pero no fumo. Me levanto, voy hasta la tienda de babuchas, estatuillas y carretes fotográficos, compro el primer paquete de cigarrillos que encuentro y vuelvo al banco maltrecho del pequeño palmeral, donde me reencuentro con el silencio, el sol y Sukri tal y como los he dejado.

-atfatdal, digo, ofreciéndole el paquete.
-la’, ana ayz wahid bas, sólo quiere uno, así que sólo coge uno, lo enciende y se lo fuma.

Se acerca la hora de comer. Me levanto y me envuelvo la cabeza con un pañuelo. Antes de irme, Sukri me pide otro cigarrillo para luego. Se lo doy y nos despedimos. Me alejo del palmeral pensando en la comida, en el atardecer y en la sonrisa de Sukri, que me acompañará toda la tarde.

 

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abdelkader

 

Abdelkader se reincorpora en su asiento acolchado y rompe un largo silencio. Me gusta conversar con los amigos, hablar y escuchar. Coge la tetera y nos sirve un vaso más. El segundo vaso es siempre mejor que el primero. Y, en efecto, lo es. Voy a poner más música. Se levanta y explora las cintas apiladas en la esquina de la habitación. Esta. Suena una melodía incisiva. Es un cantante de aquí, toca a menudo en la ciudad. Vuelve a sentarse en su rincón, debajo del cuadro del rey, la única decoración de la estancia. Hay que ayudar a la gente, es bueno ser bueno con la gente. Me acerca el plato de galletas y cuando sonríe me doy cuenta de que le falta un diente. Sólo así se puede lograr la entrada en el paraíso. Ha terminado la canción y la habitación se llena del rumor hipnótico de la cinta magnética. Y yo quiero entrar en el paraíso. Ya no suenan más canciones, pero sigue el rumor de la cinta, que parece querer llevarnos a algún sitio, lejos de las ciudades, lejos de las calles, lejos de las casas, lejos de las habitaciones, lejos de los sofás, lejos de los anfitriones improvisados, lejos del té a la menta, lejos de nuestras miradas perdidas en el silencio. Probablemente lo único que quiere el rumor de la cinta es llevarnos al paraíso.

 

 

 

 

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Justino

Justino está sentado en la butaca blanca de la consulta de Alma. Después de unos segundos mirándose los pies, alza la cabeza, clava la mirada en los ojos castaños de Alma y dice tímidamente:
-¿Patatas?
-Sí, Justino. Eso es, patatas.
Justino recorre la habitación con la mirada, bañado un sudor frío. En la pared cubierta de diplomas no hay indicios de ironía. Observa la montaña de patatas y el rotulador negro que Alma ha colocado sobre la mesa.
-¿Y qué tengo que hacer con las patatas? Quiero decir… ¿qué tienen que ver las patatas con mi terapia?
-En cada patata vas a escribir uno de los nombres de toda esta gente de la que hemos estado hablando. Vas a poner las patatas en esta bolsa, que llevarás encima en todo momento, cada día, durante una semana.

Justino sale de la consulta con la bolsa de plástico verde en la mano. Al llegar a la plaza de las palmeras, saca una patata. Lleva escrito un nombre: Luís. La devuelve a la bolsa y se carga la bolsa a la espalda.
-Joder, Luís, como pesas.

 

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Teresa

Teresa y Sara beben vino sentadas en una mesa alargada con dos velas.

-Oye, tía, una amiga del barrio me contó que habías pintado al Papa.
-Sí, niña, el Papa Juan Pablo II. Fue hace 10 años.
-¿Y cómo fue?
-Me acuerdo muy bien. Un 17 de Mayo estaba yo en la plaza de San Pedro en Roma para pintar su retrato.
-¿Pero por qué querías su retrato?
-¿Qué sé yo? Quería que todo el mundo me conociera como pintora. No pude pensar en nadie más ilustre para retratar.

En el ambiente se escucha un blues arrastrado cantado en francés.

-A estas invita la casa -dice el camarero, sirviéndoles dos copas más.
-Gracias, guapo. -Responde rápidamente Teresa- A ti tendría que haberte conocido con quince años menos.
-Como si los años fueran importantes para ti, tía. Con la energía que tú tienes, puedes hacer todo lo que te propongas.
-Sí, bueno. La cuestión es que estaba ya en la plaza de San Pedro. Me habían colocado debajo de la tarima donde se iba a sentar el Papa en la audiencia general que daba los miércoles.
-Ya sé. Cuando yo era niña fui a verle, no me preguntes por qué, incluso le estreché la mano.
-Si, me acuerdo de cuando tus padres te llevaron. Estabas monísima vestida de blanco, muy femenina.
-No empieces, tía. Pero, ¿cómo lo hiciste para estar ahí pintando?
-Ni yo misma lo sabía. Escribí varias cartas, pedí permisos, me creé un curriculum. Y de repente estaba allí. Yo era una pintura muy humilde, y en aquel momento iba a pintar nada menos que el Papa.
-¿Humilde? ¿Tú?
-Sí, pero me habían agasajado tanto en la casa del Papa, que si “bravissima pittrice”, que si “grandissima pittrice”. Al final me creí que era una gran pintora.
-Pero lo eres, eres una gran pintora.
-Ay, niña. Si tú supieras.

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Onofre 3

Hoy Onofre lee en una revista de crítica cinematográfica un artículo sobre el cineasta coreano Shin Sang-Ok, al que descubrió por azar. En los años setenta, Shin San-Ok fue secuestrado por el régimen de Corea del Norte y vivió bajo arresto domiciliario durante años.

Según el artículo de la revista, el gran líder norcoreano obligó a Shin San-Ok a filmar varias películas. Antes de completar una de las más famosas, Pulgasari, logró escapar a occidente y liberarse de su cautiverio.

Tumbado en la cama, Onofre coge el teléfono y marca un número de memoria.

-¿Sí?
-Hola, soy yo.
-¡Onofre! ¿Cómo estás? Tengo ganas de verte.
-¿Podrías traerme una película? Pulgasari.
– Pulgasari. La buscaré y te la traigo. ¿Te va bien…
-Gracias.

Onofre cuelga el teléfono y vuelve a tumbarse sobre la cama. Piensa en la película. ¿Qué extraño cautiverio es ese en el que te obligan a crear? ¿Se sentía el director un prisionero o un creador? Al cabo de un rato se queda dormido y sueña en Corea.

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